No hemos cambiado

         descarga     A lo largo de la historia se han considerado los clásicos como las grandes obras en las que se tratan aquellos temas universales que más han preocupado al ser humano: el amor, la muerte, el paso del tiempo. Generación tras generación han sido leídas y cada una de ellas ha aportado una visión nueva y diferente de la que había pertenecido a las demás. Su interpretación ha ido variando y, sin embargo, continuamos recurriendo una y otra vez a las mismas novelas, poemas y obras de teatro porque consideramos que aún se encuentran en estrecha conexión con nuestro presente y que todavía hoy, a pesar de los años o incluso de los siglos que hayan transcurrido, son capaces de decirnos algo acerca de quiénes somos. Se trata de una afirmación que se ha repetido una y otra vez con el fin de incentivar la lectura de las que han sido consideradas como las obras cumbre de la literatura. Sin embargo, hace unos días estas afirmaciones me condujeron a pensar en aquellas obras, especialmente en aquellos personajes que, a pesar del tiempo que nos separa de ellos, se acercan tristemente a la realidad de nuestros días.

            Siempre he considerado que el estudio de la literatura, la propia lectura de clásicos, debe abordarse de forma viva, en estrecha conexión con el presente en el que se vive. De esta forma, la experiencia amorosa, la angustia por el paso del tiempo o el temor a la vejez han sido grandes temas que una y otra vez se repiten en las páginas de la literatura, y que continuarán a preocupando indefectiblemente al ser humano. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando los clásicos reflejan una preocupación, una situación, que a pesar de los siglos que han transcurrido todavía no se ha remediado? Una preocupación que nada tiene que ver con la muerte, con la vejez o con la enfermedad, ni siquiera con la experiencia amorosa, sino que se vincula con una realidad que depende directamente de quienes viven en la sociedad, de quienes pueden actuar sobre ella y transformarla y que, a pesar de ello, han permitido que continúe inmutable. Una vez más hablamos de las mujeres, de los personajes que pueblan las páginas de nuestra literatura y que, a pesar de los años, tristemente, todavía hablan de quienes somos.

            ¿Cuántas veces la sociedad condena a las mujeres?, ¿cuántas veces la mujer todavía es considerada una histérica, una persona voluble y sujeta a los sentimientos?, ¿cuántas veces se ha considerado que su arte es menor, no universal, que no merece la atención del que ha sido creado por los hombres?, ¿cuántas veces todavía se subordina la mujer al hombre o a la maternidad?, ¿cuántas veces la sociedad siente que puede juzgar la vida sexual de las mujeres?, ¿cuántas veces, ante una violación, la mujer continúa siendo condenada?, ¿cuántas veces la mujer debe justificarse por tomar sus propias decisiones?, ¿cuántas veces la mujer debe demostrar mucho más para ser tenida en cuenta ante el resto?, ¿cuántas veces la mujer se ha visto juzgada por su apariencia o por su comportamiento?, ¿cuántas veces la mujer abordará la lectura de un clásico y se dará cuenta de lo poco que ha cambiado su realidad?

            Todas esas situaciones tristemente se han visto reflejadas en la literatura y todavía hoy descubrimos en ellas la imagen de nuestro propio presente. Volvemos a leer las grandes novelas del siglo XIX y a encontrarnos con aquellas mujeres sometidas a vidas que no deseaban, a una sociedad que las oprimía y las condenaba. También contemplamos a Laurencia cuando denunciaba la violación a la que había sido sometida y se desesperaba ante una sociedad que había permanecido impasible. Entonces devolvemos  la mirada al presente y las mujeres nos preguntamos durante cuánto tiempo volveremos a leer las mismas obras y a encontrarnos con personajes que, incluso cinco siglos después, nos continúan demostrando que la sociedad no ha cambiado.

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La Condesa de Montijo y la Junta de Damas

Una de las características más relevantes del siglo XVIII español es la introducción de las mujeres en la vida cultural del momento. Las mujeres, en este momento, comenzaban a frecuentar los ambientes más ligados al mundo cultural y político, llegando estas a ser pilares fundamentales en estos círculos. Esta creciente presencia de la mujer en la sociedad del momento resulta muy importante a la hora de tratar la cuentión del reformismo y progreso en nuestro país.Resultado de imagen de María Francisca de Sales Portocarrero 1754

Fueron varias las mujeres que tomaron la voz durante este siglo y que participaron de manera activa en la vida política, literaria o cultural. Una de ellas es la Condesa de Montijo cuyo nombre es María Francisca de Salas Portocarrero (Madrid, 1754 – Logroño, 1808). Esta mujer noble, de elevada cultura, responde al nuevo modelo de mujer que comenzaba a tener presencia durante este siglo. Comenzó a acoger en su casa a varias figuras representativas del momento creando una tertulia en torno a a su persona. Estas tertulias se encuentran en gran auge durante la época, pues son lugares de sociabilidad y, por tanto, lugares en los que compartir ideas, debatir y crecer intelectualmente en compañía de otros. Demuestra la Condesa de Montijo ser una mujer que vivía al calor de su tiempo, no sólo en la creación de este salón al más puro estilo francés, sino también en su activa presencia en el mundo político, ya que compartió y defendió la política reformista de los gobiernos ilustrados llegando a ser su opinión y defensa políticas consideradas una auténtica referencia en el momento.

Además de esto, la Condesa de Montijo fue una gran defensora de la educación de las mujeres. Destaca su labor en la Junta de Damas, asociación femenina que resulta fundamental en el siglo y cuyo objetivo principal era reivindicar la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres. Esta organización no fue, al contrario de lo pueda parecer en una primer momento, una organización creada por y para mujeres aristócratas, sino que entre sus diferentes labores destacó la de ofrecer protección a las mujeres más desfavorecidas como podían ser las prostitutas o las ladronas tratando de eliminar las desigualdades sociales reinantes. No se olvidaba, por tanto, de las mujeres más marginadas de la sociedad, sino que estas mujeres unidas se comprometieron a ayudar y ofrecer alternativas a mujeres que se encontraban totalmente desprotegidas. En este aspecto, destaca notablemente la Condesa de Montijo, que se erigió como una de las mayores defensoras de la mujer dentro de esta Junta ofreciendo ayuda a estas mujeres de manera desinteresada y comprometida, defendiendo, ante todo, la educación popular.

Enlaces y bibliografía de interés: 

Gloria Franco: “Una vida poco convencional en la España de las luces: la Condesa de Montijo”

Sobre la Junta de Damas

Sobre las tertulias y los salones en el siglo XVIII

Cristina de Pizán y la querella de las mujeres.

Christine de Pizan o Cristina de Pizán (Venecia, 1364- Francia, 1430) es considerada la primera escritora profesional de occidente, y no sólo eso, sino que es considerada la primera feminista de la historia, pues su obra asienta las bases primeras del feminismo occidental.
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Es ella la iniciadora del debate conocido históricamente como querella de las mujeres, en el que se enzarzó con varios sabios de la época con el propósito de defender la igualdad entre hombres y mujeres, defendiendo que estas últimas merecían igual que ellos ser tenidas en cuenta intelectualmente, así como la idea de que las mujeres merecían de igual manera que los hombres la posibilidad de acceder a la educación. Este debate comenzó con la obra de esta autora, pero sabemos que pronto se extendió por toda Europa, siendo esta una cuestión tratada en todas las comunidades intelectuales del momento hasta que en el siglo XVIII comienzan a ser mayormente aceptadas las ideas defendidas por esta autora, aunque aún serían objeto de debate y diferencias entre autores, pues muchos de ellos seguían considerando a las mujeres inferiores por naturaleza. A este respecto, en nuestro país, resultan significativos los debates que surgieron entre los autores ilustrados sobre la cuestión que concernía a la introducción de las mujeres en el mundo cultural.

Las ideas defendidas por la autora de origen veneciano se basan fundamentalmente en la defensa de que no hay distinciones naturales entre hombres y mujeres que apoyen la tesis que en el momento se tenía por verdadera, esa tesis que defendía que las mujeres carecían de capacidad intelectual suficiente como para poder igualarse a los hombres.  Y no sólo esto, sino que, como sabemos por la lectura de obras medievales, las mujeres eran consideradas por naturaleza inmorales e impuras. Es, por tanto, Pizan la primera autora en percatarse de la gran misoginia existente en la época en la que le tocó vivir y la primera encargada en visibilizar esta situación injusta en sus obras, obras que por otra parte, resultaron muy influyentes posteriormente en el pensamiento de otras autoras defensoras de esta cuestión. Por ejemplo, Simone de Beauvoir reconoce en su obra El segundo sexo (1949) la importancia de la obra de Pizan, por encontrarnos ante la primera mujer que escribe en defensa de su sexo.

Dentro de la prolífica obra de esta autora destaca una obra titulada La ciudad de las damas (1405). En ella, la autora crea una ciudad sólo habitada por mujeres impulsada por las figuras alegóricas de la Razón, Derechura y Justicia. Mientras se construye esta ciudad, la autora conversa con estas figuras sobre el desprecio que los hombres sienten hacia las mujeres y, en definitiva, sobre la gran misoginia existente que la autora condena con firmeza. Es esta obra considerada fundamental dentro de la literatura defensora de las mujeres, ya que sorprende por su lucidez y por su temprana escritura en la historia, historia que tardará en aceptar estas ideas que ya eran defendidas a comienzos del siglo XV.

Bibliografía de interés:

Cristina de Pizán, La ciudad de las damas, (ed. Marie-José Lemarchand), Siruela, 2013.

Pilar Cabanes Martínez, Escritoras en la Edad Media