Alejandra Pizarnik: ni niña, ni náufraga.

Aunque ya llevo años leyendo textos críticos sobre la poesía de Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936), nunca deja de sorprenderme la cantidad de faltas de respeto encubiertas que continuamente se le dedican a la autora con la intención de exaltar su figura, de hacerla más icónica, más interesante. Estas faltas de respeto tienen como origen dos datos biográficos de la autora: haber nacido mujer y su suicidio. Por haber padecido fuertes depresiones a lo largo de su vida, Pizarnik fue entendida como un ser amante de la muerte y del dolor. A su vez, su ser mujer hizo que la crítica la tratara como una bella niñita, como aquella que jugaba en el jardín de su conocida prosa.

No es raro, de hecho es lo más habitual, leer sobre Pizarnik palabras como las siguientes:

Pizarnik coqueteó amargamente con la vida hasta el final de sus días y fue seducida por la muerte: se suicidó con una sobredosis de somníferos en noviembre de 1972. […] Los poemas de Alejandra Pizarnik nos proponen el testimonio de un mundo desenfrenado y fatal de «niña extraviada» identificada con el desamparo, donde la sumisión entre los poemas y el silencio son inherentes a la vida frente a la muerte que restringe el lenguaje y la ambigüedad de la alucinación y la pesadilla se confabulan para concedernos los estados del alma de una poesía definitivamente única y pura que ha trascendido a otras generaciones como un gran mito.

M. Ángeles Vázquez, Alejandra Pizarnik: la lúgubre manía de vivir

Esta poetisa ávida por el naufragio, enamorada de su muerte, amante del dolor y del sufrimiento. Esta poetisa sutil y delicada…

Carlos Luis Torres Gutiérrez, Alejandra Pizarnik

Estos son sólo dos ejemplos de una tónica general en la crítica a la hora de tratar la figura de la poeta. Las metáforas del tipo “enamorada de su muerte” o “amante de su dolor y del sufrimiento” se repiten de manera continua con una ligereza y carencia de reflexión sorprendentes. ¿Realmente hay alguien que piensa que la muerte seduce a un suicida? ¿De veras existe en el mundo alguien con un pensamiento tan perverso que crea que puedas llegar a enamorarte de tu propia muerte? ¿Con 36 años eres todavía una niña? Desde luego, la respuesta a estas preguntas debe ser y es negativa, sin embargo, no parecen tenerlo tan claro cada uno de los autores que se refieren a Alejandra de esta forma, sin tener en cuenta el gran daño que hacen a su imagen y obra.

Puede parecer una cuestión banal, pero para nada es así. En el momento en el que la crítica deja de tratarte como una poeta más, y empieza a otorgarte “bellas etiquetas” con las que disfrazar tu figura, empiezas a ser una floritura en las páginas de Historia de la Literatura, comienzas a ser una autora minusvalorada y relegada a la categoría de “poetisa”. Sobre esta cuestión creo que nadie ha podido pronunciarse mejor que César Aira en su ensayo titulado “Alejandra Pizarnik” en el que dice así:

Casi todo lo que se escribe sobre ella [Alejandra Pizarnik] está lleno de “pequeña náufraga”, “niña extraviada”, “estatua deshabitada de sí misma”, y cosas por el estilo. Ahí hay una falta de respeto bastante alarmante, o un exceso de confianza, en todo caso una desvalorización. […] Reduce  un poeta a una especie de bibelot decorativo en la estantería de la literatura.

César Aira, Alejandra Pizarnik, Beatriz Viterbo Editora, 1998.

Claro está que estas cuestiones afectan de manera especial a las creadoras, incluso a las más alabadas por la crítica, pues parece ser que las mujeres estamos obligadas a ser bonitas incluso en los manuales de literatura.

No es Alejandra Pizarnik una poeta olvidada, como otras muchas sobre las que aquí se ha escrito, pero sí es, desde luego, una poeta maltratada por la crítica actual que sigue viendo en ella un juguetito poético y no la gran poeta que fue.

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María Lejárraga: una mujer olvidada

Actualidad_143499284_10809883_1706x1706           «Vine para algo más que para pasar como sombra», el verso de Concha Méndez que encabeza nuestro de proyecto de visibilización de la mujer en la literatura cobra especial sentido en el caso de María Lejárraga (1874-1974), escritora, feminista, política y una mujer silenciada y olvidada en la historia de nuestras letras. Sus obras ni siquiera llevan hoy su nombre, publicadas bajo el de su marido, Gregorio Martínez Sierra.

            María de la O Lejárraga García nació en San Millán de la Cogolla, La Rioja, en 1874 y desde niña fue una gran apasionada del teatro y gran conocedora de los clásicos españoles y franceses. En su juventud comenzó a desarrollar una importante actividad cultural dirigiendo junto a su marido revistas como Helios o Renacimiento, en las que publicaban personalidades tan relevantes del panorama literario del momento como Emilia Pardo Bazán, Pérez de Ayala o los hermanos Álvarez Quintero. Durante este período escribió también algunas de sus obras más reconocidas, algunas de ellas tan célebres como Primavera en otoño (1911) o Canción de cuna (1911), que fue adaptada a la gran pantalla. Sin embargo, fue su marido, Gregorio Martínez Sierra, quien pasó a la historia de la literatura española como uno de los grandes renovadores de la escena teatral de principios del siglo XX, a pesar de que se ha demostrado a través de cartas escritas por el propio Martínez Sierra que la autoría corresponde de manera íntegra a María Lejárraga. Los libretos de El amor brujo (1915) o El sombrero de tres picos (1919) fueron escritos por la dramaturga, aunque, al igual que las obras anteriores, también aparecerían firmados por su marido. Además, a partir de la primera década del siglo XX, Lejárraga comienza a publicar numerosos artículos y conferencias, que en algunos casos constituían verdaderos alegatos feministas, aunque siempre aparecían firmados por Martínez Sierra. Uno de sus discursos más reconocidos, «De feminismo», fue leído por su marido el 2 de febrero de 1917 y en él se recogían las siguientes palabras: «El feminismo quiere sencillamente que las mujeres alcancen la plenitud de su vida, es decir, que tengan los mismos derechos y los mismos deberes que los hombres, que gobiernen el mundo a medias con ellos, ya que a medias lo pueblan […]». Una defensa de los derechos de la mujer que, sin embargo, no evitó que su nombre cayera en el olvido.

            Al final de su vida, María Lejárraga reveló en su obra Gregorio y yo que ella era coautora de muchas de las obras de su marido, sin embargo, ni siquiera en ese momento se reconoció la importancia real de su dilatada trayectoria literaria, pues como pudo demostrarse a partir de cartas escritas por el propio Martínez Sierra, Lejárraga no sólo era coautora de las obras, sino que su autoría le pertenecía a ella de manera íntegra. A pesar de todo, Gregorio Martínez Sierra ha llegado hasta nuestros días como un importante dramaturgo al que indudablemente corresponde un lugar en el estudio de la literatura española, y nombre de María Lejárraga, autora real del trabajo atribuido a su marido, quedó sepultado y olvidado en la historia, como tantos otros.

            La triste historia de María Lejárraga es sólo una más de todas aquellas que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos. Actualmente, podemos conocer los nombres y el trabajo que muchas mujeres como ella han realizado y que injustamente ha sido silenciado e invisibilizado, sin embargo, muchas otras aún permanecen en el olvido y, por eso, debemos continuar luchando para que su labor reciba el reconocimiento que merece, para que hoy ellas puedan ser algo más que sombras.

Más información sobre María Lejárraga en: http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-maria-lejarraga/838011/