¡Gracias!

Para finalizar el año, no queríamos dejar pasar la oportunidad de escribiros de manera muy breve pero cariñosa sobre cómo fue el evento que tuvo lugar el pasado 1 de diciembre con motivo de la presentación del cuaderno dedicado a Gloria Fuertes. Para ello, decidimos homenajear a Gloria desde la Jam Poesía de Gijón que se celebra cada mes en Espacio Local (Calle Céan Bermúdez, nº 23 bajo izquierda, Gijón). Allí recitamos poemas de Gloria acompañadas por todos que os pasasteis y celebrasteis con nosotras un momento tan bonito. ¡Mil gracias por estar allí!

Homenaje a Gloria Fuertes (1)

A su vez, deseamos agradeceros la atención y el apoyo que habéis mostrado hacia nuestra labor durante este primer año. Hemos dado pasitos firmes y felices hacia una mayor visibilización de la literatura escrita por mujeres, y esos pasitos han sido correspondidos por vosotras y vosotros que habéis estado leyendo cada entrada, atendiendo a nuestras redes, difundiendo nuestros cuadernos… Por todo ello, os queríamos agradecer el cariño con el que habéis acogido este proyecto que poco a poco va creciendo.

Os esperamos en 2018 con muchas más entradas, más cuadernos y mil veces más fuerza y alegría para seguir visibilizando la literatura escrita por mujeres, para seguir arrojando luz sobre todas aquellas que aun permanecen en una injusta sombra.

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Algo más que sombras: la Otra Generación del 27

Algo más que sombras: Homenaje a Gloria Fuertes

¡GRACIAS!

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Tres poemas de Dulce María Loynaz

Dulce María Loynaz (La Habana, 1902 – La Habana, 1997) fue una poeta cubana merecedora de grandes distinciones durante su carrera, entre las que destacan las siguientes: fue elegida miembro de Honor del Instituto de Cultura Hispánica en 1950, en 1959 fue nombrada miembro numerario de la Academia Cubana de la Lengua y en 1968 fue nombrada miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua.

En lo que respecta a los premios recibidos, Loynaz ha sido merecedora de de la Medalla Alejo Carpentier (1982), del Premio Cervantes (1992), el Premio Federico García Lorca (1993) entre otros.

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Su obra poética resultó ser muy prolífica y ha alcanzado una importancia a nivel universal. Entres sus numerosas publicaciones se pueden destacar libros como Canto a la mujer estéril (1938), Poemas sin nombre (1953), Poemas náufragos (1991) o Melancolía en otoño (1997). Además, escribió una novela titulada Jardín (escrita entre 1928 y 1935) que encaja dentro de la estética del realismo mágico que años más tarde será tan relevante en la narrativa hispanoamericana.

A continuación, tres poemas de la autora extraídos de su libro Poemas sin nombre (1953):

Poema XVII

Hay algo muy sutil y muy hondo

en volverse a mirar el camino andado…

El camino en donde, sin dejar huella,

se dejó la vida entera.

 

Poema LVII

No te nombro; pero estás en mí como la música en la garganta del ruiseñor
aunque no esté cantando.

 

Poema LVIII

Estoy doblada sobre tu recuerdo como la mujer que vi
esta tarde lavando en el río.
Horas y horas de rodillas, doblada por la cintura sobre
este río negro de tu ausencia.

Más sobre Dulce María Loynaz en:

Poemas de Dulce María Loynaz

Obra de Dulce María Loynaz

No hemos cambiado

         descarga     A lo largo de la historia se han considerado los clásicos como las grandes obras en las que se tratan aquellos temas universales que más han preocupado al ser humano: el amor, la muerte, el paso del tiempo. Generación tras generación han sido leídas y cada una de ellas ha aportado una visión nueva y diferente de la que había pertenecido a las demás. Su interpretación ha ido variando y, sin embargo, continuamos recurriendo una y otra vez a las mismas novelas, poemas y obras de teatro porque consideramos que aún se encuentran en estrecha conexión con nuestro presente y que todavía hoy, a pesar de los años o incluso de los siglos que hayan transcurrido, son capaces de decirnos algo acerca de quiénes somos. Se trata de una afirmación que se ha repetido una y otra vez con el fin de incentivar la lectura de las que han sido consideradas como las obras cumbre de la literatura. Sin embargo, hace unos días estas afirmaciones me condujeron a pensar en aquellas obras, especialmente en aquellos personajes que, a pesar del tiempo que nos separa de ellos, se acercan tristemente a la realidad de nuestros días.

            Siempre he considerado que el estudio de la literatura, la propia lectura de clásicos, debe abordarse de forma viva, en estrecha conexión con el presente en el que se vive. De esta forma, la experiencia amorosa, la angustia por el paso del tiempo o el temor a la vejez han sido grandes temas que una y otra vez se repiten en las páginas de la literatura, y que continuarán a preocupando indefectiblemente al ser humano. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando los clásicos reflejan una preocupación, una situación, que a pesar de los siglos que han transcurrido todavía no se ha remediado? Una preocupación que nada tiene que ver con la muerte, con la vejez o con la enfermedad, ni siquiera con la experiencia amorosa, sino que se vincula con una realidad que depende directamente de quienes viven en la sociedad, de quienes pueden actuar sobre ella y transformarla y que, a pesar de ello, han permitido que continúe inmutable. Una vez más hablamos de las mujeres, de los personajes que pueblan las páginas de nuestra literatura y que, a pesar de los años, tristemente, todavía hablan de quienes somos.

            ¿Cuántas veces la sociedad condena a las mujeres?, ¿cuántas veces la mujer todavía es considerada una histérica, una persona voluble y sujeta a los sentimientos?, ¿cuántas veces se ha considerado que su arte es menor, no universal, que no merece la atención del que ha sido creado por los hombres?, ¿cuántas veces todavía se subordina la mujer al hombre o a la maternidad?, ¿cuántas veces la sociedad siente que puede juzgar la vida sexual de las mujeres?, ¿cuántas veces, ante una violación, la mujer continúa siendo condenada?, ¿cuántas veces la mujer debe justificarse por tomar sus propias decisiones?, ¿cuántas veces la mujer debe demostrar mucho más para ser tenida en cuenta ante el resto?, ¿cuántas veces la mujer se ha visto juzgada por su apariencia o por su comportamiento?, ¿cuántas veces la mujer abordará la lectura de un clásico y se dará cuenta de lo poco que ha cambiado su realidad?

            Todas esas situaciones tristemente se han visto reflejadas en la literatura y todavía hoy descubrimos en ellas la imagen de nuestro propio presente. Volvemos a leer las grandes novelas del siglo XIX y a encontrarnos con aquellas mujeres sometidas a vidas que no deseaban, a una sociedad que las oprimía y las condenaba. También contemplamos a Laurencia cuando denunciaba la violación a la que había sido sometida y se desesperaba ante una sociedad que había permanecido impasible. Entonces devolvemos  la mirada al presente y las mujeres nos preguntamos durante cuánto tiempo volveremos a leer las mismas obras y a encontrarnos con personajes que, incluso cinco siglos después, nos continúan demostrando que la sociedad no ha cambiado.

La Condesa de Montijo y la Junta de Damas

Una de las características más relevantes del siglo XVIII español es la introducción de las mujeres en la vida cultural del momento. Las mujeres, en este momento, comenzaban a frecuentar los ambientes más ligados al mundo cultural y político, llegando estas a ser pilares fundamentales en estos círculos. Esta creciente presencia de la mujer en la sociedad del momento resulta muy importante a la hora de tratar la cuentión del reformismo y progreso en nuestro país.Resultado de imagen de María Francisca de Sales Portocarrero 1754

Fueron varias las mujeres que tomaron la voz durante este siglo y que participaron de manera activa en la vida política, literaria o cultural. Una de ellas es la Condesa de Montijo cuyo nombre es María Francisca de Salas Portocarrero (Madrid, 1754 – Logroño, 1808). Esta mujer noble, de elevada cultura, responde al nuevo modelo de mujer que comenzaba a tener presencia durante este siglo. Comenzó a acoger en su casa a varias figuras representativas del momento creando una tertulia en torno a a su persona. Estas tertulias se encuentran en gran auge durante la época, pues son lugares de sociabilidad y, por tanto, lugares en los que compartir ideas, debatir y crecer intelectualmente en compañía de otros. Demuestra la Condesa de Montijo ser una mujer que vivía al calor de su tiempo, no sólo en la creación de este salón al más puro estilo francés, sino también en su activa presencia en el mundo político, ya que compartió y defendió la política reformista de los gobiernos ilustrados llegando a ser su opinión y defensa políticas consideradas una auténtica referencia en el momento.

Además de esto, la Condesa de Montijo fue una gran defensora de la educación de las mujeres. Destaca su labor en la Junta de Damas, asociación femenina que resulta fundamental en el siglo y cuyo objetivo principal era reivindicar la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres. Esta organización no fue, al contrario de lo pueda parecer en una primer momento, una organización creada por y para mujeres aristócratas, sino que entre sus diferentes labores destacó la de ofrecer protección a las mujeres más desfavorecidas como podían ser las prostitutas o las ladronas tratando de eliminar las desigualdades sociales reinantes. No se olvidaba, por tanto, de las mujeres más marginadas de la sociedad, sino que estas mujeres unidas se comprometieron a ayudar y ofrecer alternativas a mujeres que se encontraban totalmente desprotegidas. En este aspecto, destaca notablemente la Condesa de Montijo, que se erigió como una de las mayores defensoras de la mujer dentro de esta Junta ofreciendo ayuda a estas mujeres de manera desinteresada y comprometida, defendiendo, ante todo, la educación popular.

Enlaces y bibliografía de interés: 

Gloria Franco: “Una vida poco convencional en la España de las luces: la Condesa de Montijo”

Sobre la Junta de Damas

Sobre las tertulias y los salones en el siglo XVIII

Cristina de Pizán y la querella de las mujeres.

Christine de Pizan o Cristina de Pizán (Venecia, 1364- Francia, 1430) es considerada la primera escritora profesional de occidente, y no sólo eso, sino que es considerada la primera feminista de la historia, pues su obra asienta las bases primeras del feminismo occidental.
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Es ella la iniciadora del debate conocido históricamente como querella de las mujeres, en el que se enzarzó con varios sabios de la época con el propósito de defender la igualdad entre hombres y mujeres, defendiendo que estas últimas merecían igual que ellos ser tenidas en cuenta intelectualmente, así como la idea de que las mujeres merecían de igual manera que los hombres la posibilidad de acceder a la educación. Este debate comenzó con la obra de esta autora, pero sabemos que pronto se extendió por toda Europa, siendo esta una cuestión tratada en todas las comunidades intelectuales del momento hasta que en el siglo XVIII comienzan a ser mayormente aceptadas las ideas defendidas por esta autora, aunque aún serían objeto de debate y diferencias entre autores, pues muchos de ellos seguían considerando a las mujeres inferiores por naturaleza. A este respecto, en nuestro país, resultan significativos los debates que surgieron entre los autores ilustrados sobre la cuestión que concernía a la introducción de las mujeres en el mundo cultural.

Las ideas defendidas por la autora de origen veneciano se basan fundamentalmente en la defensa de que no hay distinciones naturales entre hombres y mujeres que apoyen la tesis que en el momento se tenía por verdadera, esa tesis que defendía que las mujeres carecían de capacidad intelectual suficiente como para poder igualarse a los hombres.  Y no sólo esto, sino que, como sabemos por la lectura de obras medievales, las mujeres eran consideradas por naturaleza inmorales e impuras. Es, por tanto, Pizan la primera autora en percatarse de la gran misoginia existente en la época en la que le tocó vivir y la primera encargada en visibilizar esta situación injusta en sus obras, obras que por otra parte, resultaron muy influyentes posteriormente en el pensamiento de otras autoras defensoras de esta cuestión. Por ejemplo, Simone de Beauvoir reconoce en su obra El segundo sexo (1949) la importancia de la obra de Pizan, por encontrarnos ante la primera mujer que escribe en defensa de su sexo.

Dentro de la prolífica obra de esta autora destaca una obra titulada La ciudad de las damas (1405). En ella, la autora crea una ciudad sólo habitada por mujeres impulsada por las figuras alegóricas de la Razón, Derechura y Justicia. Mientras se construye esta ciudad, la autora conversa con estas figuras sobre el desprecio que los hombres sienten hacia las mujeres y, en definitiva, sobre la gran misoginia existente que la autora condena con firmeza. Es esta obra considerada fundamental dentro de la literatura defensora de las mujeres, ya que sorprende por su lucidez y por su temprana escritura en la historia, historia que tardará en aceptar estas ideas que ya eran defendidas a comienzos del siglo XV.

Bibliografía de interés:

Cristina de Pizán, La ciudad de las damas, (ed. Marie-José Lemarchand), Siruela, 2013.

Pilar Cabanes Martínez, Escritoras en la Edad Media

 

 

 

Laura Castañón: La noche que no paró de llover

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             Hoy os traemos una entrada diferente a las que os hemos ido presentando hasta el momento. Nuestra labor de visibilización en el blog se ha centrado fundamentalmente en mujeres que han sido silenciadas a lo largo de la historia —anteriormente hemos presentado el caso de María Lejárraga—, y que han recibido un tratamiento injusto por parte de la crítica viendo denostada su labor literaria —por ejemplo, también hemos reivindicado la importancia de Gloria Fuertes, que durante mucho tiempo, y aún en la actualidad por parte de ciertos sectores, ha sido calificada como una «poeta menor»—, o que, a pesar de ser reconocidas, han recibido un tratamiento desigual. Sin embargo, apenas nos hemos ocupado de la mujer en el panorama literario actual. El hecho de que el número de mujeres escritoras —novelistas, poetas, ensayistas, dramaturgas— haya aumentado considerablemente en los estantes de las librerías y de que su actividad creativa haya comenzado a recibir más atención por parte de la crítica no resulta suficiente para afirmar que se haya alcanzado la igualdad en el panorama literario actual. De esta forma, consideramos que desde nuestro blog también debemos ocuparnos de la literatura que las mujeres están escribiendo ahora, en este mismo momento y que, a pesar de lo que pueda parecer, todavía no recibe la atención que se merece. De esta forma, hemos decidido comenzar presentando la última novela de Laura Castañón (Asturias, 1961), La noche que no paró de llover (2017), una obra de extraordinaria calidad literaria precedida de Dejar las cosas en sus días (2013), opera prima de la autora.

            La noche que no paró de llover es la segunda novela de Laura Castañón, que había publicado anteriormente Dejar las cosas en sus días, una obra protagonizada por Aida, una periodista que intenta reconstruir su pasado familiar y encontrar los restos de su abuelo, desaparecido en la Guerra Civil; en este caso, la importancia de la memoria, tanto colectiva como personal, cobra un papel fundamental, y también lo hará en su segunda novela, en la que a través de diversos personajes se analizan las diversas formas en las que el mal puede manifestarse: el mal que realizamos de forma consciente, el que nunca imaginamos haber causado, y el que pensamos haber cometido. De esta forma, La noche que no paró de llover, partiendo del concepto decimonónico de novela y con un estilo que recuerda a los grandes narradores del siglo XIX, pero que aporta a su vez la frescura y la novedad de la prosa contemporánea, nos adentra en una fascinante reflexión a través de unos personajes que, como ya sucedía en Dejar las cosas en sus días, permanecen en la memoria del lector.

            Al igual que en su primera obra—novela coral que podría asentarse dentro de la tradición de las sagas familiares—, en La noche que no paró de llover no resulta claro establecer quién es la protagonista de la narración. Sin embargo, en este caso, podría afirmarse que Valeria Santaclara, la anciana que acude a la consulta de la psicóloga Laia Vallverdú para abrir un sobre en el que su hermana, muerta años antes, dejó escrito «El perdón» es el principal catalizador de la acción narrativa. Junto a Valeria Santaclara y su psicóloga se encuentran otros dos personajes que resultan fundamentales: Emma, la pareja de Laia, y a la que el lector conoce directamente a través de los fragmentos de su diario que se van incorporando en la narración, y Feli, la mujer que limpia en la residencia en la que vive Valeria y que suministra una visión externa y superficial de la anciana que el lector deberá ir deshaciendo poco a poco. La extraordinaria construcción de cada uno de los personajes de la obra, que presentan una gran profundidad psicológica y numerosos matices en su forma de entender el mundo y sus relaciones personales, constituye uno de los valores fundamentales de la novela. Valeria Santaclara, una mujer anciana convencional, perteneciente a la burguesía gijonesa, es el personaje más complejo y de mayor profundidad de la novela y al que el lector conoce lentamente, avanzando desde la perspectiva más superficial que adquiere en las primeras páginas hasta el conocimiento más profundo y humano que alcanza al final de la obra.

            La noche que no paró de llover es una excelente narración de la que no sólo debe destacarse la reflexión acerca del ser humano, del perdón, del deseo de venganza, de la envidia o la construcción de los personajes que indudablemente permanecen para siempre en la memoria, sino también su trabajo con el lenguaje, a través del que logra caracterizar y dar voz a los protagonistas de su novela, y su capacidad para crear ambientes y escenarios y trasladar al lector la intensidad de las emociones que experimentan sus personajes. Por tanto, desde Algo más que sombras queremos destacar la calidad de esta novela y la importancia de Laura Castañón en el panorama literario actual y volver a reflexionar, una vez más, acerca de la necesidad de visibilizar la gran labor —todavía no suficientemente reconocida en la actualidad— de la mujer en la literatura.

Alejandra Pizarnik: ni niña, ni náufraga.

Aunque ya llevo años leyendo textos críticos sobre la poesía de Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936), nunca deja de sorprenderme la cantidad de faltas de respeto encubiertas que continuamente se le dedican a la autora con la intención de exaltar su figura, de hacerla más icónica, más interesante. Estas faltas de respeto tienen como origen dos datos biográficos de la autora: haber nacido mujer y su suicidio. Por haber padecido fuertes depresiones a lo largo de su vida, Pizarnik fue entendida como un ser amante de la muerte y del dolor. A su vez, su ser mujer hizo que la crítica la tratara como una bella niñita, como aquella que jugaba en el jardín de su conocida prosa.

No es raro, de hecho es lo más habitual, leer sobre Pizarnik palabras como las siguientes:

Pizarnik coqueteó amargamente con la vida hasta el final de sus días y fue seducida por la muerte: se suicidó con una sobredosis de somníferos en noviembre de 1972. […] Los poemas de Alejandra Pizarnik nos proponen el testimonio de un mundo desenfrenado y fatal de «niña extraviada» identificada con el desamparo, donde la sumisión entre los poemas y el silencio son inherentes a la vida frente a la muerte que restringe el lenguaje y la ambigüedad de la alucinación y la pesadilla se confabulan para concedernos los estados del alma de una poesía definitivamente única y pura que ha trascendido a otras generaciones como un gran mito.

M. Ángeles Vázquez, Alejandra Pizarnik: la lúgubre manía de vivir

Esta poetisa ávida por el naufragio, enamorada de su muerte, amante del dolor y del sufrimiento. Esta poetisa sutil y delicada…

Carlos Luis Torres Gutiérrez, Alejandra Pizarnik

Estos son sólo dos ejemplos de una tónica general en la crítica a la hora de tratar la figura de la poeta. Las metáforas del tipo “enamorada de su muerte” o “amante de su dolor y del sufrimiento” se repiten de manera continua con una ligereza y carencia de reflexión sorprendentes. ¿Realmente hay alguien que piensa que la muerte seduce a un suicida? ¿De veras existe en el mundo alguien con un pensamiento tan perverso que crea que puedas llegar a enamorarte de tu propia muerte? ¿Con 36 años eres todavía una niña? Desde luego, la respuesta a estas preguntas debe ser y es negativa, sin embargo, no parecen tenerlo tan claro cada uno de los autores que se refieren a Alejandra de esta forma, sin tener en cuenta el gran daño que hacen a su imagen y obra.

Puede parecer una cuestión banal, pero para nada es así. En el momento en el que la crítica deja de tratarte como una poeta más, y empieza a otorgarte “bellas etiquetas” con las que disfrazar tu figura, empiezas a ser una floritura en las páginas de Historia de la Literatura, comienzas a ser una autora minusvalorada y relegada a la categoría de “poetisa”. Sobre esta cuestión creo que nadie ha podido pronunciarse mejor que César Aira en su ensayo titulado “Alejandra Pizarnik” en el que dice así:

Casi todo lo que se escribe sobre ella [Alejandra Pizarnik] está lleno de “pequeña náufraga”, “niña extraviada”, “estatua deshabitada de sí misma”, y cosas por el estilo. Ahí hay una falta de respeto bastante alarmante, o un exceso de confianza, en todo caso una desvalorización. […] Reduce  un poeta a una especie de bibelot decorativo en la estantería de la literatura.

César Aira, Alejandra Pizarnik, Beatriz Viterbo Editora, 1998.

Claro está que estas cuestiones afectan de manera especial a las creadoras, incluso a las más alabadas por la crítica, pues parece ser que las mujeres estamos obligadas a ser bonitas incluso en los manuales de literatura.

No es Alejandra Pizarnik una poeta olvidada, como otras muchas sobre las que aquí se ha escrito, pero sí es, desde luego, una poeta maltratada por la crítica actual que sigue viendo en ella un juguetito poético y no la gran poeta que fue.

María Lejárraga: una mujer olvidada

Actualidad_143499284_10809883_1706x1706           «Vine para algo más que para pasar como sombra», el verso de Concha Méndez que encabeza nuestro de proyecto de visibilización de la mujer en la literatura cobra especial sentido en el caso de María Lejárraga (1874-1974), escritora, feminista, política y una mujer silenciada y olvidada en la historia de nuestras letras. Sus obras ni siquiera llevan hoy su nombre, publicadas bajo el de su marido, Gregorio Martínez Sierra.

            María de la O Lejárraga García nació en San Millán de la Cogolla, La Rioja, en 1874 y desde niña fue una gran apasionada del teatro y gran conocedora de los clásicos españoles y franceses. En su juventud comenzó a desarrollar una importante actividad cultural dirigiendo junto a su marido revistas como Helios o Renacimiento, en las que publicaban personalidades tan relevantes del panorama literario del momento como Emilia Pardo Bazán, Pérez de Ayala o los hermanos Álvarez Quintero. Durante este período escribió también algunas de sus obras más reconocidas, algunas de ellas tan célebres como Primavera en otoño (1911) o Canción de cuna (1911), que fue adaptada a la gran pantalla. Sin embargo, fue su marido, Gregorio Martínez Sierra, quien pasó a la historia de la literatura española como uno de los grandes renovadores de la escena teatral de principios del siglo XX, a pesar de que se ha demostrado a través de cartas escritas por el propio Martínez Sierra que la autoría corresponde de manera íntegra a María Lejárraga. Los libretos de El amor brujo (1915) o El sombrero de tres picos (1919) fueron escritos por la dramaturga, aunque, al igual que las obras anteriores, también aparecerían firmados por su marido. Además, a partir de la primera década del siglo XX, Lejárraga comienza a publicar numerosos artículos y conferencias, que en algunos casos constituían verdaderos alegatos feministas, aunque siempre aparecían firmados por Martínez Sierra. Uno de sus discursos más reconocidos, «De feminismo», fue leído por su marido el 2 de febrero de 1917 y en él se recogían las siguientes palabras: «El feminismo quiere sencillamente que las mujeres alcancen la plenitud de su vida, es decir, que tengan los mismos derechos y los mismos deberes que los hombres, que gobiernen el mundo a medias con ellos, ya que a medias lo pueblan […]». Una defensa de los derechos de la mujer que, sin embargo, no evitó que su nombre cayera en el olvido.

            Al final de su vida, María Lejárraga reveló en su obra Gregorio y yo que ella era coautora de muchas de las obras de su marido, sin embargo, ni siquiera en ese momento se reconoció la importancia real de su dilatada trayectoria literaria, pues como pudo demostrarse a partir de cartas escritas por el propio Martínez Sierra, Lejárraga no sólo era coautora de las obras, sino que su autoría le pertenecía a ella de manera íntegra. A pesar de todo, Gregorio Martínez Sierra ha llegado hasta nuestros días como un importante dramaturgo al que indudablemente corresponde un lugar en el estudio de la literatura española, y nombre de María Lejárraga, autora real del trabajo atribuido a su marido, quedó sepultado y olvidado en la historia, como tantos otros.

            La triste historia de María Lejárraga es sólo una más de todas aquellas que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos. Actualmente, podemos conocer los nombres y el trabajo que muchas mujeres como ella han realizado y que injustamente ha sido silenciado e invisibilizado, sin embargo, muchas otras aún permanecen en el olvido y, por eso, debemos continuar luchando para que su labor reciba el reconocimiento que merece, para que hoy ellas puedan ser algo más que sombras.

Más información sobre María Lejárraga en: http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-maria-lejarraga/838011/

Elisa Sestayo: El cuaderno de la búsqueda

          morilla@marcosmorilla.com telf.: 985892735                        Elisa Sestayo (Bilbao, 1996) presenta en su primera publicación, El cuaderno de la búsqueda, a un sujeto lírico que emprende un viaje hacia su propia identidad, colocando al individuo en el centro y ante sí mismo, desnudándolo ante un espejo que le permite emprender en soledad la búsqueda de su propio yo. El poema con el que se abre el libro ya marca el tono intimista que lo domina, pues la poesía de Elisa Sestayo cuestiona siempre al individuo desde su interior a través de un yo poético que se enfrenta desnudo a su propia identidad, que afirma despojarse de «mis nombres arrancados» para proporcionar una respuesta personal, única, honesta y libre a ese yo que afirma ante su propia desnudez desconocer quién es. De esta forma, el individuo se verá obligado a huir de los posibles espejismos, de las múltiples identidades que lo conforman, pero que también lo distancian de esa desnudez libre y sincera que persigue el sujeto lírico: la única en la que reside la verdad, alejada de sombras, la que alberga ese cuerpo condenado a una «búsqueda continua» del hogar, de sí mismo.

            Este proceso obliga al yo poético a enfrentarse a sí mismo, y el lector asiste a los juicios que se desprenden de esta desnudez del individuo que resulta tan sincera y aterradora al mismo tiempo, que lo vuelve vulnerable, pero también profundamente humano. Así se presenta ante el lector tras desvelar su terror a que ni siquiera el dolor como recuerdo único de la vida sea suficiente para continuar viviendo, a «sentir el pulso herido/ y que no hiera», a enfrentarse a una existencia en la que ni siquiera el sufrimiento baste para afirmar que existe algo que separa al individuo de la muerte; El grito desgarrado de quien reclama el consuelo último del dolor para sentir la vida. La humanidad del yo poético coloca también al lector ante sí mismo al confesarle sus propios miedos, aquellos que resultan tan íntimos que se resisten a ser desvelados y que únicamente se revelan en un ejercicio de extraordinaria sinceridad y búsqueda interior. Una búsqueda también del perdón que el individuo se debe a sí mismo, refugiado en la soledad, el miedo y los recuerdos, que le permitirá construir su identidad desde esa desnudez sincera. Su afirmación «me pido perdón» redime al sujeto lírico, pero también al lector.

            El yo poético se enfrenta en la búsqueda de sí mismo al miedo, a la culpabilidad y a la pérdida. Una pérdida que lo arroja a la soledad más desesperanzada, pues en El cuaderno de la búsqueda no sólo se emprende un viaje hacia la identidad, sino que también tienen lugar el inicio de la madurez, el abandono del juego y la pérdida inevitable de la infancia. En el único poema en el que se abandona la primera persona, el sujeto lírico no es capaz de identificarse con las muñecas, símbolo inequívoco de la niñez, pero tampoco lo hace «con ese anciano cuerpo/ que quieto observa». El yo poético, entregado a la búsqueda de sí mismo, parece encontrarse suspendido en un espacio desconocido en el que únicamente se atreve a afirmar aquello que no es. Sin embargo, la muerte de la infancia deja paso a un cuerpo adulto, deseoso de amar, pero que de nuevo se ve irrevocablemente arrojado a la soledad. Un cuerpo tan solitario, pero también tan deseoso de amar y ser amado que en él todavía permanecen las llamas, últimos restos de un mundo consumido ya en cenizas. El sujeto lírico se enfrenta a la búsqueda incansable de sí mismo que ya sólo encuentra refugio en los recuerdos, en aquellos «lugares prohibidos» a los que desea regresar; Pero la identidad tampoco se encuentra en el pasado «nunca se vuelve sana/ y tú lo sabes/ tras contemplar aquello/ irrecuperable», y el yo poético, en sincera desnudez, afirma: «me sé sólo esto/ una cicatriz desconocida». Termina así una búsqueda a través del dolor y del sufrimiento, pero que finaliza con la esperanza y la fortaleza que supone reconocer una cicatriz en una herida ayer sangrante.

            Elisa Sestayo ha presentado en su primera publicación la búsqueda intensa, a veces dolorosa, pero también reconfortante de uno mismo. Una búsqueda sincera, que coloca al lector desnudo delante de un espejo y lo enfrenta a sus miedos más profundos: el temor de la soledad, la certeza de necesitar la vida. La «nueva desnudez» ante la que se descubre el yo poético es una desnudez esperanzada, herida, pero también madura, la posibilidad de enfrentarse a la vida a pesar del pasado, del dolor, de la pérdida. El cuaderno de la búsqueda abre así la trayectoria de una poeta que ha logrado realizar en su primera publicación una brillante presentación de la compleja búsqueda de la identidad humana, a veces destructiva, dolorosa, casi una erosión del propio ser en permanente «Pesado avance/ en búsqueda continua/ dónde el hogar».

 La imagen, Erosión (Aurelio Suárez), ha sido tomada de http://www.aureliosuarez.es/museo-bellas-artes.html#mba_museo_sala

¡Importante! Si alguien se encuentra interesado en conseguir El cuaderno de la búsqueda, puede ponerse en contacto con la autora a través de su cuenta de twitter (@elisasestayo).

 

Carmen Conde: Cancionero de la enamorada

Hay algo único en el primer amor: su frescura, su ilusión, su apasionada vivencia. Tras la desaparición de este primer amor, ya nada parece volver a ser lo mismo. Bien lo sabía Carmen Conde (Cartagena, 1907 – Madrid, 1996) cuando decide escribir su Cancionero de la enamorada (1971), libro de poemas cuyo tema fundamental es el amor, pero no un amor cualquiera, sino el primero. Ese amor único, joven, alejado de cualquier dolor, de cualquier experiencia previa que lo mancille con llantos.

Sobre el tema de la obra, señala de manera muy acertada Luzmaría Jiménez Faro: «Se adivina en las palabras de Carmen que con este libro trata —y hay una transparencia de deseo— mirar hacia atrás, intenta retomar los sentimientos más puros, la frescura de aquellos primeros amores en que el perfil del hombre se diluye para reflejar solamente el significado del Amor.»

Tengo una flor en la mano

que no me entregaste tú

ni creció por tu cuidado.

 

La quiero llevar conmigo

cuando me llame la voz

que tampoco a ti te he oído.

Para evocar a estos amores primeros, Conde se apoya en elementos de la naturaleza tales como las flores, los ríos, el mar, pero también la sangre, las venas, los cuerpos… Dividido en dos partes, el Cancionero de la enamorada no es un libro únicamente feliz, únicamente fresco. En la segunda parte de la obra, la autora indaga en el dolor, en el vacío, en el olvido. En aquellos daños ocasionados por el intenso sentimiento amoroso evocado en los poemas que componen la primera parte. Para ello, aparecen en esta última sección nuevas imágenes como la noche o su silencio. De esta manera, la segunda parte de la obra recoge poemas como el siguiente:

Nadie se acuerde de mí

cuando no pueda acordarme.

 

No todos sabrás que fui

extensa como la tarde,

solitaria como el mar

aunque lo surquen las naves.

 

Yo quisiera que después

alguien pueda descifrarme

como un mensaje de piedra

que fue encerrado en el aire.

 

Sólo un hueco en el vacío

para poder alojarme.

De este modo, Conde plasma en este libro de una manera sencilla, pero no por ello poco interesante, el sentimiento amoroso más puro e inocente. Cada poema de este libro desborda un extraordinario sensualismo que convierte la lectura de la obra en una lectura agradable y profundamente evocadora que desde aquí os recomendamos fervientemente.

 

Carmen Conde fue la primera mujer en ingresar en la RAE ocupando en ella el sillón K hasta su fallecimiento. En su discurso de ingreso realiza una mención especial a «nuestras grandes escritoras ya desaparecidas». Con más de cien obras publicadas, Conde es una de nuestras voces más importantes siendo merecedora de varios premios como el Premio Nacional de Poesía que le es otorgado en 1967.

Recomendamos: Carmen Conde, Cancionero de la enamorada, Madrid, Ediciones Torremozas, 2012 (con prólogo de Luzmaría Jiménez Faro)

Enlaces de interés:

Portal en Cervantes Virtual dedicado a la autora

Discurso de ingreso de Carmen Conde: Poesía ante el tiempo y la inmortalidad

¡Recordamos! Nuestra iniciativa para crear una enciclopedia de personajes femeninos en la literatura española sigue en pie y podéis participar. Más información AQUÍ